Cómo seduce Kirchner a sus aduladores

¿Por qué los nuevos defensores de Néstor Kirchner descalifican sin argumentos a quienes critican cualquier decisión polémica del Gobierno y justifican, al mismo tiempo, sus graves hechos de corrupción? ¿Por qué productores de televisión, comunicadores e intelectuales que hasta hace poco se vanagloriaban de hacer escuchar las dos campanas hoy hacen sonar una sola, y varias veces, para que nadie pueda asimilar más información que sus sentencias?
Ya sabemos que Kirchner los ha seducido, y eso no es ninguna novedad. Y tampoco es un pecado o un delito. Lo que resulta extraño son los argumentos que esgrimen en público y en privado para justificar sus audaces posiciones.
Han decidido pasar por alto, tolerar o minimizar cualquier denuncia de corrupción contra este gobierno. Un filósofo que suele aparecer por televisión ha escrito que es menos grave un poco de esta corrupción que el advenimiento de la nueva derecha encabezada por Mauricio Macri. Otro de esos nuevos defensores ha dicho que todo poder es corrupto, y que por lo tanto la corrupción del actual es un dato viejo y aburrido, y que es mucho más valiente enfrentar y denunciar a algunos medios y a todos sus cómplices directos e indirectos. El productor de televisión que recibe instrucciones del propio Kirchner ha confesado a sus amigos que él hace lo que hace no por dinero sino por pura convicción, Y que no necesita, en ninguno de sus programas, hacer escuchar las dos campanas, porque lo importante es oponer una sola mirada, homogénea, monolítica, indestructible, cerrada, a la otra campana dominante constituida por el archienemigo Clarín.
Más allá de lo que dicen en público, es indudable que Kirchner los colocó en el lugar donde más cómodos y mimados se sienten: el de los gladiadores románticos que luchan por una idea, solos y supuestamente desprotegidos contra "las corporaciones", sosteniendo con hidalguía los logros que quieren tirar abajo La Máquina de Impedir y los predicadores de la Mala Onda.
Es curioso. Aunque estos nuevos defensores se presenten como lo contrario, se parecen, y mucho, a aquel Bernardo Neustadt que durante los años noventa se transformó en el gran difusor de la Buena Onda y denunciador de la Máquina de Impedir. Máquina que manejaban, según su particular mirada, los periodistas que denunciaban la corrupción y los políticos que no apoyaban a Carlos Menem.
Aunque hayan pasado muchos años y la composición social de sus asistentes pueda ser muy distinta, ¿no hay entre la Plaza del Sí menemista y la Plaza del apoyo a la Ley de Medios la misma intención maniqueísta de empujar a la sociedad a consumir los postulados inamovibles que plantea el poder que gobierna?
Kirchner, el hombre que sigue manejando millones y millones del Estado, el Gran Titiritero, el ex presidente que somete con dinero de los contribuyentes a la mayoría de los gobernadores y que sigue teniendo poder sobre grandes empresas, sindicatos, medios, periodistas y barones del conurbano ha conseguido conquistar a sus actuales e incondicionales defensores valiéndose del más grande de los siete pecados capitales: la vanidad.
Antes, las voces de los nuevos gladiadores eran una de las tantas que denunciaban la corrupción y criticaban los hechos que les parecían injustos. Ahora ellos se sienten únicos, heroicos y en el lugar donde más cómodos se mueven: en boca de todo el mundo, y del supuesto lado de los débiles.
Se trata de un espejismo, pero el ex presidente los convenció. Igual que Menem con muchas figuras estelares y de enorme autoestima, Kirchner lo hizo: masajeó sus enormes egos y los puso de su lado. Quizá terminen como la mayoría de los aduladores de Menem: resentidos, con la autoestima por el piso y al margen de la historia.
Especial para lanacion.com

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