miércoles, abril 01, 2009

Un hombre que siempre supo pedir perdón



Fue un demócrata obcecado, un gallego cascarrabias y un hombre que siempre supo pedir perdón. Al final de su vida, todavía activo, seguía justificando los que se consideran sus grandes errores históricos: Semana Santa de 1987, las decisiones económicas que dispararon la hiperinflación de 1989, y el Pacto de Olivos, que abrió la puerta a la reelección de Carlos Menem.


La energía con la que defendía sus decisiones hacía que sus interlocutores ni siquiera tuvieran espacio para destacar todo lo bueno que hizo y que legó: los juicios a las juntas militares en 1985; el respeto por el Congreso y por los opositores; y su silencioso trabajo, desde la oposición, para evitar que distintas crisis hicieran que la Argentina volara por los aires. Cada vez que se le preguntaba de qué se arrepentía, el respondía, sin inmutarse:


-Me arrepiento de no haber llevado el gobierno a Viedma, hacia al mar, el viento y el frío.


La intensa ciclotomia de la sociedad argentina de la que nosotros, los periodistas, también participamos, hizo antes y hace ahora que no lo valoremos en su verdadera dimensión. Se equivocó mucho, pero no fue el peor del mundo. Tuvo algunos aciertos, pero no alcanzaron para consolidar las instituciones de la democracia que él mismo pretendía más sólidas.


Desde ayer, los diccionarios de la República Argentina agregarán como sinónimo de democracia al apellido Alfonsín. Pero las miserias, las pequeñeces y las mezquindades del ejercicio del poder en la Argentina todavía nos recuerdan que estamos lejos de vivir en una democracia plena. Un sistema de gobierno que sirva para alimentar, educar y curar a todos los habitantes que quieran habitar el suelo argentino.


Entrevista en hipercrítico.com

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