La batería es lo de menos

He cometido un pecado menor: puse a consideración de los oyentes de la radio la pretensión de Octavio, mi hijo, de que le compre una batería para tocar con su flamante banda y desarrollar su vocación musical.
Me está pasando algo parecido a lo que me sucedió cuando, un par de años atrás, Octavio empezó su goteo incesante para conseguir su teléfono celular. Recibo todo tipo de sugerencias, y una buena parte de ellas son muy ricas, inteligentes y, hasta cierto punto, muy conmovedoras.
Obvio: es sólo un juego. Pero tiene el gustito de compartir algunos de los momentos más importantes de la vida con quienes me aguantan cada mañana. Momentos de decisión que terminan construyendo una relación (nada menos que la de un hijo con su padre) y te ponen de cara a tu propia naturaleza. Y lo más lindo del juego es que la decisión de comprarla -o no, o hacerlo de inmediato, o de esperar hasta que el deseo de Octavio se transforme en algo más que el culo veo culo quiero- atraviesa todas las generaciones, como suele pasar con las pequeñas grandes cosas de la existencia.
Miserable. Insensible. Padre maduro y amoroso. Castrador. Ponéte en lugar de él. Que los vecinos se banquen el arte. Aguantá. No te dejes llevar por los demás, que ni la guita ni los oídos son de ellos. Botonazo. Todas esas cosas y otras por el estilo son algunos de los mensajes que recibo durante el programa, por la calle y hasta del mismísimo Jorge Guinzburg, cuando me entrevistó esta semana para Mañanas Informales.
Octavio tiene 14 años. Ya va a cumpleaños de niñas de 15. Parece saber de memoria casi todo. Desde cómo se hacen los hijos hasta cómo te lima la cabeza el paco. Supongo que la tensión y el amor no deben ser tan diferentes a los que vivimos con mi papá a esta misma altura de la vida.
Hay un libro que acabo de terminar de leer y refleja esa tensión, de manera más brutal y bastante más intensa. Se llama La Ley de la ferocidad y es de Pablo Ramos, un tipo de poco más de 40 años quien tal vez escribió semejante novela para terminar de matar el fantasma de un padre omnipresente, que le dejó hondas marcas en la piel y en el alma. Recomiendo su lectura. También le mencioné el libro a Octavio el lunes pasado, cuando lo fui a buscar a su clase de batería y hablé con su profesor, Ramiro, quien intentó convencerme, después de soportar varias semanas la presión de mi hijo, que era mejor adquirir el instrumento que sufrir el hostigamiento de un aspirante de músico tan obsesivo. Le comenté al estudiante de batería que lo que más me había pegado de la historia era la imposibilidad, casi genética, de ese padre inmigrante de decirle a su hijo que lo amaba. Y le dije que esperaba que jamás dejáramos de decirnos cuánto nos queremos. Que nunca nos olvidemos de besarnos, y de abrazarnos bien fuerte (aunque no se deba delante de sus amigos o sus amigas del Colegio y del barrio: obvio).
Todavía no terminé de decidir la compra. Pero tuvimos con mi hijo una conversación muy oportuna. Y al final le pedí que nunca se olvidara de hacerme notar cuánto le molestan algunos de mis comportamientos. Los silencios. La prepotencia. La falta de comprensión. La desatención cuando estoy abrumado por las cosas de este laburo que tanto me gusta. Octavio me puso una mano en el hombro y me preguntó si nunca había pensado en tocar un instrumento. La guitarra. La batería. El saxo. El piano. Ahora escuchamos música juntos. Ramiro dice que sería bueno, en esta etapa, escuchar la armonía entre el bajo y la batería que tienen bandas como la del Flaco Spinetta o Divididos.
-Si la batería no escucha al bajo, la banda se va a la mierda. Y al revés es igual. El bajo y la batería son la pared sobre la que se apoya una buena canción- dictaminó.
Cuando vuelva a hablar con Ramiro le voy a pedir permiso para usar la imagen del ensamble entre la batería y el bajo, el bajo y la batería. Me gusta pensar en mi hijo y su padre en esos términos. Aunque a veces, como pasa en las mejores bandas, uno o el otro entren o salgan a destiempo.

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