jueves, febrero 15, 2007

Uso y abuso del poder


La escandalosa intromisión política de la administración Kirchner en el Indec invita a plantear una pregunta inquietante: ¿no hay otra manera de gobernar con éxito si no es la de pasar por encima de los organismos independientes, de la oposición, del Poder Judicial, la prensa, el Parlamento, las normas y las leyes? Funcionarios que responden directamente al Presidente piensan que no. Y lo dicen. Cuando se les pregunta si para mantener contenida la inflación era necesario despedir a una especialista del Instituto Nacional de Estadística y Censos, cuando se les recuerda que el Presidente no responde preguntas de los periodistas, cuando se les indica que el Congreso funciona como un apéndice del Poder Ejecutivo, cuando se les señala que no debaten con la oposición ni discuten la distribución del dinero público, estos funcionarios contestan: “Si hasta ahora nos está yendo muy bien así, ¿para qué vamos a cambiar?” Ellos interpretan que lo que para la oposición es abuso de poder para una buena parte de la sociedad significa coraje, actitud, energía, decisión y conducción. La conducta del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, es un ejemplo típico. Hay decenas de anécdotas que lo muestran como un hombre prepotente, amenazante, maleducado y de armas tomar. (Son relatos off the record, porque los empresarios tienen miedo de que Kirchner haga uso del atril y los mande al médico, como le sucedió al supermercadista Alfredo Coto.) Pero cuando el Presidente y el propio Moreno ven publicada la reconstrucción de alguna reunión no parecen afectados. Al contrario. Da la sensación de que hasta alientan su difusión. Quizá porque leyeron las encuestas, que revelan que una buena parte de los argentinos no saben quién es Moreno, pero sí les parece fantástico que el Gobierno se preocupe por el alza del costo de vida y que mantenga a raya a los formadores de precios. Lo mismo puede ser aplicado a la relación del Gobierno con la prensa. El Presidente y su círculo de confianza sienten que, en el fondo, están haciendo las cosas bien. Se lo dijo con absoluta sinceridad el secretario de Medios, Enrique Albistur, a Susana Reinoso, de LA NACION, en la primera nota que concedió a un medio gráfico: “Los periodistas dejaron de ser intermediarios necesarios”. ¿Qué significa esto en la lógica del planeta K? Que mientras los periodistas nos pasamos largas horas discutiendo sobre la prepotencia del Gobierno, en esta administración interpretan la cuestión como un asunto pequeño, elitista, que no les quita un voto. Es más: algunas encuestas que pasaron por el escritorio del jefe del Estado revelan que cuando el Presidente critica a la prensa es bien mirado por sectores sociales que desconfían de los medios en general y de ciertos comunicadores en particular. El razonamiento también es válido para precisar cómo trata este gobierno al Parlamento. La mayoría de los proyectos que presentó el Ejecutivo fueron aprobados en tiempo récord, casi sin debate. Incluso, los superpoderes y la conformación del Consejo de la Magistratura salieron del Congreso como lo había exigido el Presidente. Es decir: desde que Kirchner asumió, el 25 de mayo de 2003, no hubo una sola ley que haya sido producto de una discusión enriquecedora con ningún bloque de la oposición. Pero, ¿es que, acaso, a los argentinos no les importa que el Gobierno pase por encima de otros poderes? Quizá sí, pero no tanto. O mejor dicho: el respeto a las instituciones y las normas de la República no son parte de sus intereses más urgentes. La brutal crisis que terminó con la caída de De la Rúa cambió el paradigma del uso y abuso del poder. Se prefiere un presidente prepotente y con gestos autoritarios antes que uno débil y sin capacidad de decisión. Se soporta a un gobierno que se entromete en la estadística oficial mejor que a otro que es doblegado por los grupos económicos. Se aplaude a un jefe de Estado que maneja al Poder Legislativo porque no se respeta a ningún conductor que parezca un rehén de las decisiones del Congreso. Kirchner lo tiene claro. Comprende como pocos el sistema de poder real. Sabe que para gobernar se debe seducir a los políticos con poder territorial, los gobernadores e intendentes del conurbano, domesticar o conquistar al poder sindical y sopesar todos los días el cambiante humor de la clase media. Es decir: los factores de poder que ayudaron a la caída de Fernando de la Rúa y que ahora sostienen a este gobierno prepotente, pero activo. Pero al manual de poder real del Presidente le falta un capítulo. Es el que dice que durante los segundos mandatos, y en el contexto de una economía estable, todo lo que la opinión pública consideraba aceptable o soportable puede estimarlo inaceptable e insoportable. Casi de la noche a la mañana, de un día para el otro. En el mismo tiempo en que Kirchner saltó de ser casi un desconocido a tranformarse en el hombre más poderoso de la Argentina.
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