Especial para LA NACIÓN
Hay causas buenas y malas. Y el apoyo del Gobierno a las buenas causas produce buena prensa, imagen positiva y más intención de voto.
Una buena causa, por ejemplo, es la investigación contra los organizadores de la Triple A. El respaldo del Gobierno para meter presos a los asesinos de esa organización le viene a Néstor Kirchner bien. Muy bien. Hace aparecer al Presidente y a la senadora Cristina Fernández de Kirchner como políticos preocupados por la dignidad humana. La conducta de ambos es bien vista por los círculos de ciudadanos biempensantes. Los que forman opinión. Y, además, el apoyo oficial es gratis y no tiene costo político. Es decir: todo el mundo sabe que el Gobierno impulsa la investigación del juez Norberto Oyarbide, aunque los funcionarios del Ejecutivo no digan una palabra, para que no los acusen de inmiscuirse en asuntos de la Justicia.
¿Por qué, entonces, es evidente el apoyo oficial? Por deducción. Es muy fácil pensar que si Kirchner se siente hijo de Hebe de Bonafini y admira la lucha de Estela de Carlotto, se sienta feliz por el pedido de captura de los hombres que acataron las órdenes de José López Rega. Y es muy fácil asociar el impulso a la investigación con el espacio y la importancia que le dedican los medios que apoyan, casi sin condiciones, al Presidente.
Los periodistas que tenemos memoria, sabemos algo más: Oyarbide tenía abierto un juicio político y existía, al principio de la administración Kirchner, la voluntad de someterlo a investigación. Pero ahora, el juez está emprendiendo acciones funcionales a este gobierno. ¿Será el precio que tiene que pagar un juez federal de la Nación para evitar que la mayoría oficialista lo juzgue y lo condene? Es difícil probarlo y, de cualquier manera, la envergadura de la buena causa contra la Triple A hace que la pregunta pierda fuerza en medio de semejante acto de justicia.
Pedir justicia en la causa por la explosión de la fábrica militar de Río Tercero, Córdoba, también es defender una buena causa. Y tiene un beneficio adicional: el gran sospechado, Carlos Menem, es uno de los dirigentes políticos con peor imagen y más odiado por la opinión pública. Cuando Kirchner pidió en Córdoba una investigación a fondo hizo triple carambola; no sólo se estaba poniendo a favor de la verdad, sino también en contra de El Peor de Todos. Una buena causa.
La conducta del Gobierno frente a la desaparición de Luis Gerez tuvo, al principio, también el barniz del apoyo a las buenas causas. Un luchador social había desaparecido. Y no parecía un caso más. Era la misma persona que, según su testimonio en el Congreso, había sido torturada por el ex comisario Luis Patti. (Recordemos que hay pruebas en la Justicia de que Patti usó más de una vez la picana eléctrica para arrancar confesiones a sus detenidos.)
No quedaban dudas. El responsable del Poder Ejecutivo estaba del lado de las víctimas, una vez más. De los “buenos” contra los oscuros agentes del “mal”. De quienes son atacados por defender ideas vinculadas con la distribución equitativa de la riqueza, la defensa de los derechos humanos, la transparencia y la coherencia ideológica.
El Presidente utilizó, entonces, por segunda vez en sus tres años de mandato, la cadena nacional. Se ubicó en el centro de la cuestión y repitió un concepto que, sostienen los encuestadores, cae más que simpático a la mayoría de los argentinos: dijo que no iba a ceder ante las extorsiones de los poderosos que no quieren ni verdad ni justicia.
Gerez apareció casi de inmediato y la figura presidencial pareció agigantarse hasta límites insospechados.
Eso sí que resultaba épico. El presidente de todos, a favor de las buenas causas, presiona a los Malos por televisión y Gerez aparece. Y no sólo aparece. Le adjudica a Kirchner su liberación, pide hablar con Cristina y sostiene: “Les debo la vida”.
La casi hazaña de Kirchner se fue deshilachando con el paso de las horas. Un solo dato concreto probaría que este gobierno pretendió hacer una espuria utilización política de una buena causa. El Presidente habría realizado su discurso a sabiendas de que Gerez había aparecido o estaba a punto de aparecer con vida, sano y salvo.
Hasta donde se pudo averiguar, ningún integrante de la mesa chica de la Casa Rosada puede ser considerado responsable de haber inventado el secuestro de Gerez para beneficio político del gobierno. La teoría del cuento armado por lo más alto del poder, sustentada por Menem y por Patti, debe ser leída, a su vez, como el uso político de ambos para conseguir más votos. Menem, porque ya no sabe qué hacer para posicionarse. Patti, porque por un momento sintió que su imagen de luchador contra la inseguridad iba a ser eclipsada por la del ex torturador que habría mandado otra vez a torturar.
Pero volvamos al asunto principal. El aprovechamiento del Bien para transformarse en el más Bueno y así poner a los adversarios políticos del lado del Mal es algo que Dick Morris, el famoso asesor norteamericano de candidatos a la presidencia, le propuso a Fernando de la Rúa, horas después de que éste ganara las elecciones presidenciales.
Otro importante asesor y amigo del ex presidente me contó el plan estratégico completo. Esta es su versión esquemática:
· Elegir a los enemigos entre las figuras más desprestigiadas y rechazadas por la sociedad y enfrentarse a ellos de manera pública.
· Pasar por encima de los medios (para evitar preguntas incómodas) y comunicarse con la gente directamente, sin intermediarios.
· Eludir al Parlamento y los partidos políticos para dar la sensación de estar gobernando con fuerza, y contra los poderosos que impiden los cambios profundos que sería necesario hacer.
Antes de terminar la reunión, Morris le “regaló” a De la Rúa una sugerencia y una advertencia. La sugerencia: que gobernara como si cada día tuviera que ganar una elección contra sus futuros adversarios. La advertencia: que pensara bien en su plan, porque de otra manera le sería muy difícil gobernar con una oposición ansiosa por volver al poder cuanto antes.
Ignoro si Morris le dijo lo mismo a Kirchner, pero es evidente que éste puso en marcha las mismas ideas no bien asumió. No había pasado una semana de mandato, cuando apuntó a un “enemigo malo”, oscuro y sospechado de casi todo, el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Julio Nazareno. Lo hizo a través de la cadena nacional y usó las palabras mágicas que tanto nos entusiasman a los argentinos: “No me van a poner de rodillas, no me voy a dejar extorsionar”.
Más tarde, el Presidente hizo lo mismo con Luis Barrionuevo y lo repitió con Menem, Eduardo Duhalde y los “barones” del conurbano: los eligió como los malos de turno y se dispuso a recoger los frutos en las encuestas del día siguiente. (El hecho de que luego haya quitado de la lista a los intendentes duhaldistas que de inmediato se volvieron kirchneristas demuestra que sólo se sale del libreto cuando las necesidades políticas lo apremian.)
No hay nada más fácil y barato que ponerse del lado de los “buenos” para mantenerse al tope de las mediciones de imagen. Por eso, a veces, a falta de hechos reales, se fabrican noticias o se fuerzan interpretaciones que enseguida se desinflan. ¿Un ejemplo? Conseguir miles de millones de inversión directa es una buena noticia. Lograrlo en un país que hasta hace poco parecía que se iba a caer del mapa podía ser entendido como casi un milagro. Anunciarlo con bombos y platillos y ponerle muchos ceros a la derecha parecía de película. Así nació la versión de los 20 mil millones de dólares en inversiones chinas, una movida insostenible que cayó por el propio peso de la exageración.
Otro caso. Los fondos de Santa Cruz que se enviaron al exterior no regresaron a la provincia en su totalidad y, por más que se diga lo contrario, hasta que no se den todas las explicaciones, la opinión pública lo considerará un hecho confuso y oscuro.
Un ejemplo más. Es sabido que, en la Argentina, todo lo que va del centro a la izquierda tiene hoy buena prensa y todo lo que se dirige del centro a la derecha es considerado malo y sospechoso. Por eso Kirchner y sus principales colaboradores pretenden circunscribir las elecciones a dos grandes contendientes ideológicos. Los kirchneristas y aliados en defensa de los buenos y la izquierda, frente a los chicos malos de la derecha con todas sus variantes.
Pero ¿puede realmente considerarse a Kirchner un dirigente de izquierda, si apoyó a Menem casi hasta el final, adelantó el pago de la deuda externa, alentó a Carlos Rovira en Misiones, tiene a Daniel Scioli como candidato a gobernador en la provincia más importante del país, comparte actos con Manuel Quindimil, Raúl Othacehé, Julio Pereyra o Mario Ishi y se alinea con los Estados Unidos de George W. Bush en asuntos tan decisivos como la lucha contra el terrorismo internacional?
Es bueno apoyar las buenas causas para hacer buenos gobiernos que construyan buenos países. Pero no es bueno presentarse como la encarnación del Bien porque, tarde o temprano, los gobernados detectan la sobreactuación o la mentira, y empiezan a colocar a los gobernantes en la vereda del Mal.
Entonces no habrá anuncio ni operación mediática capaz de evitar la caída.
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