Un espejo que duele
El comentario de Gustavo González* sobre la película Yo Presidente, en el que sugiere que los argentinos somos unos hipócritas y los presidentes que votamos son mejores que la media de la sociedad, me pareció revulsivo y provocativo. ¡Por fin alguien se atreve a escribir algo sin demagogia y sin importar cuánto se puedan enojar sus queridos lectores!
No quiero ser hipócrita: como realizador, productor periodístico y guionista de este documental no convencional cuya repercusión supera por mucho nuestras expectativas, no poseo una perspectiva neutral, objetiva y desapasionada sobre la teoría de González.
Para no andar con vueltas: pienso que los presidentes de los últimos veintitrés años son unas pobres tipos sin categoría de estadistas, puestos a gobernar por el puro motor de su ambición personal, pero elegidos por personas todavía peores. Es decir: aún más hipócritas y más retorcidos que ellos.
Y eso no es todo. Ciclotómicos e incapaces de hacernos cargo de lo que decimos y de lo que hacemos en los últimos cinco minutos, a veces parecemos tan miserables que preferimos insultar a al presidente de turno, en vez de asumir la responsabilidad que nos corresponde por haber contribuido a elegirlos.
No importa ahora -mientras la película sigue en cartel- que la mayoría de los críticos hayan interpretado que mostrar a los presidentes descarnados puede haber funcionado como una forma de sutil venganza “de la gente” contra estos defraudadores de ilusiones. Aprovecho para agradecer tanta generosidad, pero creo que la cuestión de fondo es otra.
Importa menos, todavía, que un pequeño personaje cuyo único mérito es leer la solapa de las novedades editoriales que elogia a cambio de dinero levante el dedo para denunciar que Yo Presidente le falta el respeto a la investidura presidencial. O que otro conductor radial oficialista y gritón asegure, sin haber visto la película, que se trata de un trabajo superficial, como si en el fondo se estuviese observando a sí mismo. (Después de todo, muchos periodistas resultan más oportunistas y chantas que el promedio del resto de la sociedad).
No quiero ser hipócrita: como realizador, productor periodístico y guionista de este documental no convencional cuya repercusión supera por mucho nuestras expectativas, no poseo una perspectiva neutral, objetiva y desapasionada sobre la teoría de González.
Para no andar con vueltas: pienso que los presidentes de los últimos veintitrés años son unas pobres tipos sin categoría de estadistas, puestos a gobernar por el puro motor de su ambición personal, pero elegidos por personas todavía peores. Es decir: aún más hipócritas y más retorcidos que ellos.
Y eso no es todo. Ciclotómicos e incapaces de hacernos cargo de lo que decimos y de lo que hacemos en los últimos cinco minutos, a veces parecemos tan miserables que preferimos insultar a al presidente de turno, en vez de asumir la responsabilidad que nos corresponde por haber contribuido a elegirlos.
No importa ahora -mientras la película sigue en cartel- que la mayoría de los críticos hayan interpretado que mostrar a los presidentes descarnados puede haber funcionado como una forma de sutil venganza “de la gente” contra estos defraudadores de ilusiones. Aprovecho para agradecer tanta generosidad, pero creo que la cuestión de fondo es otra.
Importa menos, todavía, que un pequeño personaje cuyo único mérito es leer la solapa de las novedades editoriales que elogia a cambio de dinero levante el dedo para denunciar que Yo Presidente le falta el respeto a la investidura presidencial. O que otro conductor radial oficialista y gritón asegure, sin haber visto la película, que se trata de un trabajo superficial, como si en el fondo se estuviese observando a sí mismo. (Después de todo, muchos periodistas resultan más oportunistas y chantas que el promedio del resto de la sociedad).
Es que la película, además de provocar risas, parece funcionar como un espejo brutal. Un espejo que duele. Un espejo donde aparece un Frankenstein versión argentina.
¿O no se percibe acaso en Alfonsín- más allá de su decisión de llevar el Juicio a las Juntas- algo de esa especie de "viejo vizcacha" embrollón que llevamos en nuestro ADN muchos argentinos?
¿No se ve en la arrogancia de Menem esa cosa canchera que nos hace reconocibles en todo el mundo?
¿No se vislumbra en el De la Rúa esa típica costumbre argentina de no hacerse cargo de nada?
¿O somos incapaces de reconocer en el uso de la chequera de Kirchner algo de nuestra actitud prepotente de nuevos ricos?
Se sabe. Alfonsín tuvo que renunciar antes de tiempo por un golpe de mercado, y también por su propia ineptitud. Menem dejó a la Argentina patas para arriba, y la tiñó de frivolidad y pulverizó la educación. De la Rúa jamás fue presidente. Duhalde fue un buen piloto de tormentas, pero la construcción de su poder seguirá bajo sospecha. Y Kirchner pasará a la historia como uno de los mejores administradores de los últimos años, o como uno de los peores -depende de de cómo administre su ambición de poder-.
Pero nosotros. Cualquiera de nosotros. Desde el más preparado hasta el menos instruido. Desde el más honesto hasta el más corrupto. ¿Podríamos jurar que somos iguales o superiores a ellos? ¿Podríamos afirmar que, puestos en su lugar, y ante las mismas circunstancias, lo hubiéramos hecho mejor?
La respuesta se puede encontrar en la salida de cualquiera de los cines, después de las sonrisas y antes del café: bien adentro de nuestra conciencia.
¿O no se percibe acaso en Alfonsín- más allá de su decisión de llevar el Juicio a las Juntas- algo de esa especie de "viejo vizcacha" embrollón que llevamos en nuestro ADN muchos argentinos?
¿No se ve en la arrogancia de Menem esa cosa canchera que nos hace reconocibles en todo el mundo?
¿No se vislumbra en el De la Rúa esa típica costumbre argentina de no hacerse cargo de nada?
¿O somos incapaces de reconocer en el uso de la chequera de Kirchner algo de nuestra actitud prepotente de nuevos ricos?
Se sabe. Alfonsín tuvo que renunciar antes de tiempo por un golpe de mercado, y también por su propia ineptitud. Menem dejó a la Argentina patas para arriba, y la tiñó de frivolidad y pulverizó la educación. De la Rúa jamás fue presidente. Duhalde fue un buen piloto de tormentas, pero la construcción de su poder seguirá bajo sospecha. Y Kirchner pasará a la historia como uno de los mejores administradores de los últimos años, o como uno de los peores -depende de de cómo administre su ambición de poder-.
Pero nosotros. Cualquiera de nosotros. Desde el más preparado hasta el menos instruido. Desde el más honesto hasta el más corrupto. ¿Podríamos jurar que somos iguales o superiores a ellos? ¿Podríamos afirmar que, puestos en su lugar, y ante las mismas circunstancias, lo hubiéramos hecho mejor?
La respuesta se puede encontrar en la salida de cualquiera de los cines, después de las sonrisas y antes del café: bien adentro de nuestra conciencia.
*Jefe de Redacción de Noticias.


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