Uso y abuso de un desaparecido
Página/12

Jorge Julio López
Jorge Julio López
El impúdico aprovechamiento político de la desaparición de Jorge Julio López, el albañil de 77 años al que nadie encuentra después de declarar como testigo en el juicio que terminó con la condena a reclusión perpetua del repugnante asesino Miguel Etchecolatz, parece no tener límites.
Además, produce náuseas, indignación, y una profunda tristeza.
Además, produce náuseas, indignación, y una profunda tristeza.
Dinosaurio chicanero
La primera arcada la sentí mientras lo entrevistaba por radio a Adolfo Casabal Elía, uno de los abogados de Etchecolatz. Casabal afirmó que la desaparición era una maniobra de las organizaciones de derechos humanos para recuperar su protagonismo político.
-¿Cómo puede decir semejante cosa?- lo interrumpí.
- ¿Si no me deja decir lo que quiero, para que me llama?- se enojó.
Le respondí que su sospecha me parecía siniestra. El diálogo se interrumpió de manera abrupta.
¿Por qué, Hebe?
La segunda contracción en el tracto digestivo sobrevino después de leer las declaraciones de Hebe de Bonafini. Hebe pretendió quitar entidad de desaparecido a López solo porque vive y trabaja en un barrio de policías y porque parece no haber tenido el compromiso militante de otros que dieron su vida por un ideal.
Dios mío. Qué pena. ¿Por qué lo hizo? ¿Fue el Presidente el que le pidió que saliera a plantear una nueva versión del "algo habrán hecho"?
Entre Casabal Elía y Hebe de Bonafini muchos patinaron al borde del ridículo.
Néstor, Felipe y Aníbal
Kirchner primero calló, después llamó a López "compañero", reprendió al gobernador Felipe Solá por haber presentado al albañil como el primer desaparecido de la democracia, y finalmente activó un poderoso mecanismo de prensa para presentar el caso como un ataque al gobierno.
Solá no abrió la boca durante una semana, después se hizo cargo, se distanció de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, y al final tomó una buena y prudente decisión: anunció que abandonará su movida para ser reelecto hasta tanto no se resuelva el caso López.
Algo parecido hizo el ministro Aníbal Fernández. Primero se enojó con los organismos de derechos humanos que fueron a exigirle la aparición con vida de López, y después comprendió que se trata de un caso demasiado grave y se puso a trabajar junto a su adversario político Solá porque comprendió que este asunto se los puede llevar puestos a todos.
Elisa Carrió, Mauricio Macri, Roberto Lavagna y Juan Carlos Blumberg tampoco lo hicieron mejor.
Agua para su molino
Carrió volvió a utilizar su verba inflamada para calificar de fascistas a Kirchner y a Bonafini, como si López fuera solo una excusa para intentar probar su vaticinio apocalítico.
Macri y Blumberg plantearon a la desaparición de López como un problema clásico de inseguridad, el caballito de batalla que usan para desgastar al gobierno nacional y también al de la provincia, con una encuesta en la mano izquierda y un discurso autoritario en la mano derecha.
Lavagna surfeó la cuestión con su estilo moderado y descolorido. Le pidió al gobierno que se ocupara del tema y que no exacerbaran más los ánimos.
El hombre bomba
¿Ignora el Presidente que cada vez que levanta la voz desde su atril contra las instituciones, los políticos y los periodistas, genera violencia y tira una bomba cargada, no de trotyl, pero sí de odio?
¿No previó el jefe de Estado que su correcta decisión de anular las leyes de Obediencia Debida y Punto Final podría tener como consecuencia, entre otras, las amenazas a testigos cuyos testimonios servirán para que vayan a la cárcel cientos de militares con las manos manchadas de sangre?
¿No debieron anticipar Kirchner, Solá, la Procuración, la Corte Suprema o quien corresponda, la protección de esos testigos habida cuenta de lo que se viene?
¿Dónde está?
Hasta las 12.15 del domingo primero de octubre, los investigadores no tenían ninguna esperanza de encontrar a López con vida.
Aunque nadie dirá nada hasta que se encuentre una evidencia, los investigadores que reportan al ministro del Interior y al secretario de Seguridad, León Arslanian, tienen la impresión de que López está muerto o desaparecido.
Una fuente del Ministerio y otra de la Secretaría admitieron que el silencio de la familia se debe a dos razones complementarias. Una: que no quieren transformar a su padre en un mártir político porque todavía mantienen el deseo de que aparezca. Dos: no sería la primera vez que falta de su casa, aunque sus ausencias siempre tuvieron que ver con motivos personales.
Todos somos López
No está mal transformar a la desaparición de López en una causa nacional. Casi todos los usuarios de celulares de la Argentina ahora ya saben de qué se trata. Lo que no se debería permitir es que este caso termine de la peor forma: con su cadáver y sin nungún responsable. O con su desaparición, como un fantasma macabro del pasado que vuelve convertido en la más abominable caricatura del horror.
La primera arcada la sentí mientras lo entrevistaba por radio a Adolfo Casabal Elía, uno de los abogados de Etchecolatz. Casabal afirmó que la desaparición era una maniobra de las organizaciones de derechos humanos para recuperar su protagonismo político.
-¿Cómo puede decir semejante cosa?- lo interrumpí.
- ¿Si no me deja decir lo que quiero, para que me llama?- se enojó.
Le respondí que su sospecha me parecía siniestra. El diálogo se interrumpió de manera abrupta.
¿Por qué, Hebe?
La segunda contracción en el tracto digestivo sobrevino después de leer las declaraciones de Hebe de Bonafini. Hebe pretendió quitar entidad de desaparecido a López solo porque vive y trabaja en un barrio de policías y porque parece no haber tenido el compromiso militante de otros que dieron su vida por un ideal.
Dios mío. Qué pena. ¿Por qué lo hizo? ¿Fue el Presidente el que le pidió que saliera a plantear una nueva versión del "algo habrán hecho"?
Entre Casabal Elía y Hebe de Bonafini muchos patinaron al borde del ridículo.
Néstor, Felipe y Aníbal
Kirchner primero calló, después llamó a López "compañero", reprendió al gobernador Felipe Solá por haber presentado al albañil como el primer desaparecido de la democracia, y finalmente activó un poderoso mecanismo de prensa para presentar el caso como un ataque al gobierno.
Solá no abrió la boca durante una semana, después se hizo cargo, se distanció de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, y al final tomó una buena y prudente decisión: anunció que abandonará su movida para ser reelecto hasta tanto no se resuelva el caso López.
Algo parecido hizo el ministro Aníbal Fernández. Primero se enojó con los organismos de derechos humanos que fueron a exigirle la aparición con vida de López, y después comprendió que se trata de un caso demasiado grave y se puso a trabajar junto a su adversario político Solá porque comprendió que este asunto se los puede llevar puestos a todos.
Elisa Carrió, Mauricio Macri, Roberto Lavagna y Juan Carlos Blumberg tampoco lo hicieron mejor.
Agua para su molino
Carrió volvió a utilizar su verba inflamada para calificar de fascistas a Kirchner y a Bonafini, como si López fuera solo una excusa para intentar probar su vaticinio apocalítico.
Macri y Blumberg plantearon a la desaparición de López como un problema clásico de inseguridad, el caballito de batalla que usan para desgastar al gobierno nacional y también al de la provincia, con una encuesta en la mano izquierda y un discurso autoritario en la mano derecha.
Lavagna surfeó la cuestión con su estilo moderado y descolorido. Le pidió al gobierno que se ocupara del tema y que no exacerbaran más los ánimos.
El hombre bomba
¿Ignora el Presidente que cada vez que levanta la voz desde su atril contra las instituciones, los políticos y los periodistas, genera violencia y tira una bomba cargada, no de trotyl, pero sí de odio?
¿No previó el jefe de Estado que su correcta decisión de anular las leyes de Obediencia Debida y Punto Final podría tener como consecuencia, entre otras, las amenazas a testigos cuyos testimonios servirán para que vayan a la cárcel cientos de militares con las manos manchadas de sangre?
¿No debieron anticipar Kirchner, Solá, la Procuración, la Corte Suprema o quien corresponda, la protección de esos testigos habida cuenta de lo que se viene?
¿Dónde está?
Hasta las 12.15 del domingo primero de octubre, los investigadores no tenían ninguna esperanza de encontrar a López con vida.
Aunque nadie dirá nada hasta que se encuentre una evidencia, los investigadores que reportan al ministro del Interior y al secretario de Seguridad, León Arslanian, tienen la impresión de que López está muerto o desaparecido.
Una fuente del Ministerio y otra de la Secretaría admitieron que el silencio de la familia se debe a dos razones complementarias. Una: que no quieren transformar a su padre en un mártir político porque todavía mantienen el deseo de que aparezca. Dos: no sería la primera vez que falta de su casa, aunque sus ausencias siempre tuvieron que ver con motivos personales.
Todos somos López
No está mal transformar a la desaparición de López en una causa nacional. Casi todos los usuarios de celulares de la Argentina ahora ya saben de qué se trata. Lo que no se debería permitir es que este caso termine de la peor forma: con su cadáver y sin nungún responsable. O con su desaparición, como un fantasma macabro del pasado que vuelve convertido en la más abominable caricatura del horror.


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