Qué desilusión

Senadora Crsitina Fernández
Confieso que la admiraba.
Que me impresionó de entrada su coraje y su inteligencia. Su forma de argumentar y su temple para soportar el hostigamiento de sus colegas menemistas, quienes para descalificarla inventaban todos los días mentiras nuevas. (Mentiras políticas y mentiras personales, que es la manera más baja que tienen los políticos machistas para ensuciar a una mujer).
Admito que, en un primer momento, cuando este gobierno no era tan poderoso, comprendí y justifiqué su discurso defensivo frente a las corporaciones.
En una conversación personal, la única que mantuve con ella desde que su marido asumió la presidencia, la senadora me planteó que muchos periodistas deberían hacer una autocrítica. Y me explicó que la admisión de los errores de la prensa serviría para construir un país mejor.
Esa tarde, en su despacho, compartí algo de su diagnóstico. Pero, antes de irme, le sugerí que aun cuando haya periodistas corruptos, interesados y poco preparados la prensa siempre debería servir para mostrar lo que el poder quiere ocultar, y para ayudar a controlar los desvíos del gobierno.
Antes de irme, tuve la misma sensación que sentí hace pocas horas. A Cristina Fernández no le importaba mi opinión. Solo le interesaba ser escuchada. No quería confrontar argumentos: pretendía transformar los suyos en la única verdad.
Ahora, la sospecha que entonces me preocupó se convirtió en una triste realidad.
La misma persona que se plantó ante el menemismo para evitar la concentración de ese poder, se niega a ser limitada y controlada.
La misma mujer política que incluía en sus discursos la defensa irrestricta de la libertad de prensa, ahora llega al colmo de forzar loa argumentos para afirmar que su gobierno, quizá el mejor tratado por los medios en los últimos años, es "censurado por la prensa".
La misma que reclamaba espacio en los diarios y los programas en nombre del derecho de pensar y actuar distinto, ahora dice que todos los que piensan distinto lo hacen por interés, por ignorancia o por cobardía.
Qué desilusión.
Parecía tan distinta.


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