sábado, diciembre 17, 2005

Editorial: Pego y pago


Dr. Néstor Kirchner

La decisión de cancelar la deuda con el FMI ha sido calificada de histórica y positiva por los chupamedias de siempre; de entreguista y peligrosa por los agoreros de centroizquierda y centroderecha, como Elisa Carrió y Ricardo López Murphy.
En el medio de ambas posturas interesadas hay datos objetivos que conviene precisar:

1) El gerente financiero de cualquier empresa del planeta sería despedido después de semejante decisión: el estado argentino se podía haber desendeudado en varias cuotas. Kirchner no lo hizo porque el desgaste político que implica pegarle al Fondo y pagarle religiosamente era cada vez más evidente.
Por otra parte, no es cierto que con este único pago Argentina se ahorra 800 millones de dólares. Habrá que ver quién nos presta para recuperar el nivel de reservas y a qué tasas. Todavía, lo de España y Venezuela no está confirmado. Y, como todo el mundo sabe, los préstamos no son regalos.
2) Cancelar la deuda nos hará más libres, pero no mejores: la autonomía que implica no tener más al FMI como constante auditor será fantástica si se gestiona bien. Si sigue aumentando el gasto público y creciendo la inflación no será bueno. Si las tarifas siguen congeladas hasta que explote la economía, como sucedió con el gobierno de Alfonsín, tampoco. Pero si continúa el superávit fiscal, el crecimiento del PBI y la baja de la desocupación y la pobreza en los próximos dos años al país le irá mejor. Y, el Presidente, será reelecto.
3) La histeria de los mercados no durará para siempre: la suba del dólar a 3.07 pesos no es más que una manifestación de histeria de los mercados que parecen no soportar la audacia de la jugada. También tiene que ver con la baja del nivel de reservas. Pero no hay ningún motivo para suponer que continuará.
4) Entre la historia y las miserias personales: es evidente que Kirchner hizo el anuncio todavía sacudido por la decisión de Lula en Brasil. Fuentes confiables dijeron que el presidente de la Argentina pensaba hacerlo en abril o mayo, cuando las reservas acumuladas crecieran aún más.
De cualquier manera, fue muy cuidadoso e inteligente al presentar la decisión. La "vendió", hacia adentro, como si fuera la Revolución de Mayo y la presentó, hacia afuera, como una iniciativa racional, más cerca de la ortodoxia económica de Lula que de la imprevisibilidad de Chávez.
El escenario que montó en la Casa Rosada fue el adecuado para entrar con el pie derecho en los Manuales de Historia. Las críticas de la derecha y la izquierda tienen la miseria de aquellos equipos que, sorprendidos por una jugada inesperada, no terminan de reconocer que otra vez fueron derrotados.
Los empalagosos elogios de los chupamedias de siempre no alcanzan para tapar una verdad evidente: esto no es la Revolución y de los problemas más graves y estructurales ni se enteraron de lo que el Gobierno acaba de anunciar esta semana.
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