Vamos a la playa (IV)
La corrida de una hora por las playas de Cariló me excitó las neuronas, pero me dejó de cama.
Ya había corrido una hora y media el viernes, y trotar sobre la arena te hace pelota los gemelos y las rodillas.
La ida desde el balneario donde descanso siempre hasta las playas solitarias que se encuentran antes de Villa Gessel me consume exactamente media hora. Se trata de un momento casi mágico. Vas con el viento a favor y te sentís casi un maratonista.
El problema es la vuelta.
No hay peor cosa que regresar con el viento en contra, y bajo la mirada de decenas de personas que te observan con una mezcla de curiosidad y espanto. (La mitad te alienta para que mantengas el ritmo, y la otra mitad parece estar esperando que te caigas redondo para poder contar algo en el asado de la noche que seguramente se va a comer con unos amigos).
Hay un solo instante que compensa la tortura del regreso: el chapuzón en el mar que te deja como nuevo después de sentirte una verdadera porquería.
- Guarda con los fotógrafos, Majul. ¡No sea cosa que te saquen en la tapa haciendo turismo de aventuras! - me gritó un gordo que llevaba su panza con un extraño orgullo.
Me acordé de la foto de asalto que me hizo un chico de Paparazzi hace un par de semanas. Tuve un súbito deseo de insultar al gordo de arriba a abajo. O de preguntarle, sencillamente:
- ¿Por qué no te metés en tu vida?
Pero preferí callar y sonreir, para evitar un escándalo público.
A unos metros, el ex técnico de Boca, Miguel Angel Brindisi, me observaba con una mirada muy profesional. El Gordo también lo vio, y atacó de nuevo:
- ¿No te querrá llevar a Boca, che? - me volvió a preguntar, un tanto sobrador.
Entonces yo le devolví la gentileza sin demasiada sutileza:
- No. Me parece que te quiere contratar a vos, porque llevás la pelota puesta.
El Gordo no se rió, pero sus amigos lo estuvieron cargando hasta la puesta del sol.
Ya había corrido una hora y media el viernes, y trotar sobre la arena te hace pelota los gemelos y las rodillas.
La ida desde el balneario donde descanso siempre hasta las playas solitarias que se encuentran antes de Villa Gessel me consume exactamente media hora. Se trata de un momento casi mágico. Vas con el viento a favor y te sentís casi un maratonista.
El problema es la vuelta.
No hay peor cosa que regresar con el viento en contra, y bajo la mirada de decenas de personas que te observan con una mezcla de curiosidad y espanto. (La mitad te alienta para que mantengas el ritmo, y la otra mitad parece estar esperando que te caigas redondo para poder contar algo en el asado de la noche que seguramente se va a comer con unos amigos).
Hay un solo instante que compensa la tortura del regreso: el chapuzón en el mar que te deja como nuevo después de sentirte una verdadera porquería.
- Guarda con los fotógrafos, Majul. ¡No sea cosa que te saquen en la tapa haciendo turismo de aventuras! - me gritó un gordo que llevaba su panza con un extraño orgullo.
Me acordé de la foto de asalto que me hizo un chico de Paparazzi hace un par de semanas. Tuve un súbito deseo de insultar al gordo de arriba a abajo. O de preguntarle, sencillamente:
- ¿Por qué no te metés en tu vida?
Pero preferí callar y sonreir, para evitar un escándalo público.
A unos metros, el ex técnico de Boca, Miguel Angel Brindisi, me observaba con una mirada muy profesional. El Gordo también lo vio, y atacó de nuevo:
- ¿No te querrá llevar a Boca, che? - me volvió a preguntar, un tanto sobrador.
Entonces yo le devolví la gentileza sin demasiada sutileza:
- No. Me parece que te quiere contratar a vos, porque llevás la pelota puesta.
El Gordo no se rió, pero sus amigos lo estuvieron cargando hasta la puesta del sol.


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